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La epidemia en México, Crónica de una catástrofe.

CEN del PRI Lunes, 31 de agosto de 2020



Seleciona un color
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“La salud y la vida del enfermo
serán las primeras de mis preocupaciones.”
Fragmento del Juramento Hipocrático

 

Está por terminar el mes de agosto, el sexto mes de la epidemia el Covid-19 en México, sin duda ya el acontecimiento más importante a nivel mundial en el siglo XXI y cuyos efectos quizá definan los lustros por venir, ciertamente aún este episodio en la vida nacional no termina, pero sus efectos devastadores ya se han hecho sentir en la sociedad y la economía.

Nuevas formas de convivencia, aprendizaje y trabajo han surgido y tenemos que adaptarnos a ellas, otras actividades, por ejemplo, el espectáculo o las reuniones masivas están sufriendo una parálisis total y las personas que económicamente dependen de ellas no alcanzan a ver la luz al final del túnel.

Los aditamentos de protección personal como los cubrebocas y caretas faciales se han vuelto parte de nuestra indumentaria cotidiana; así como el aprendizaje de hábitos higiénicos, como el lavado de manos, el uso de desinfectantes y cualquier otro método aséptico que evite el contagio. Una “nueva normalidad” aprendida entre la zozobra y el tedio intenta reemplazar la cotidianeidad previa a la pandemia, donde los elementos de cuidado personal y social son indispensables para sobrevivir.

Es entonces que tenemos que reflexionar sobre la capacidad de adaptación, tal como lo establece la Selección Natural propuesta por Darwin en el “Origen de las Especies” donde esta habilidad desarrollada por generaciones en las especies determina su supervivencia. ¿Acaso estamos en un escenario igual?

Stephen Jay Gould en su ensayo “La Falsa Medida del Hombre”, desmiente los fundamentos “científicos” del racismo, demostrando que todos los seres humanos tenemos las mismas capacidades y que el desarrollo entre pueblos no depende de la raza, sino de las oportunidades que el entorno histórico y ambiental provee a cada pueblo e individuo, por tanto, la capacidad de adaptarnos a esta “nueva normalidad” tiene que ver con factores históricos, económicos y sociales.

Sin duda esta epidemia ha evidenciado que la lucha de este siglo es contra la desigualdad, de acuerdo con datos revelados por la Universidad Nacional el 71% de las víctimas mortales del Covid-19 son gente de escasa instrucción y de empleos con baja remuneración , es decir afecta primordialmente a la gente más pobre de México y el Mundo, es justo ahí donde la desigualdad social determina la sobrevivencia y donde los lazos de la solidaridad no alcanzan, si no existe una decidida intervención del Gobierno.

Es decir, para generar condiciones que permitan la supervivencia del mayor número de personas, era necesaria una intervención que permita a las personas no tener que elegir entre contagiarse de Covid o perder sus ingresos. Aquellas personas, que gozan de seguridad social, trabajos estables o que obtienen algunos beneficios derivados de la propiedad privada y el ahorro han podido sobrevivir mejor al contagio al resguardarse en sus hogares y limitar su movilidad, incluso con una reducción en sus ingresos que no ha sido significativa. Estas personas ocupan los deciles de ingreso más alto en la sociedad mexicana y son una fracción pequeña de la población; el mayor número de personas que no tienen esos beneficios, ha tenido que sortear la epidemia con sus propios recursos, porque el Gobierno Federal incluso ha desestimado el uso de artículos de protección personal como el cubrebocas; aunque existe cierto padrón de beneficiarios en los hechos, esta cobertura no ha sido suficiente, dada la pérdida de empleos formales en los seis meses que ha durado esta contingencia.

Aunque la solidaridad social se ha manifestado, ha sido insuficiente al ser una contingencia de carácter nacional y no regional como habían sido los efectos de los sismos y huracanes que han afectado a nuestra Historia reciente. Más cuando la economía nacional esta prácticamente detenida y con el pronóstico de una epidemia larga, la mayoría de las pequeñas y medianas empresas, están en riesgo de quebrar; algo preocupante ya que son responsables del 75% de los empleos estructurados en México, es decir que gozan de los beneficios de la seguridad social y contribuyen a la base recaudatoria.

En soledad y aislamiento, millones de familias enfrentan día con día, a la epidemia, sin los recursos necesarios para evitar los contagios y reducir su movilidad, es decir los efectos de la epidemia son francamente desiguales.

Estos efectos devastadores tienen rostro de mujer, cuando se aumenta la violencia y los trabajos de cuidado al interior de los hogares, de niñas y niños que viven en con la incertidumbre del abandono y el rezago escolar; tienen además rostro indígena cuando prevalece el aislamiento y la falta de servicios en la vivienda como el agua potable y de discapacidad donde las oportunidades de ingreso y movilidad escasean.


Estamos solos ante la tragedia que en la frialdad de los números revela su exacta dimensión, en datos concretos somos ya el tercer país con más víctimas mortales, 66 mil en números redondos y ascendiendo, la proyección de muertes al 1 de diciembre del IHME (Instituto de Métricas y Evaluaciones en Salud) de la Universidad de Washington fija el indicador en 118 mil, es decir dos veces el escenario “catastrófico” que la autoridad responsable de la pandemia vislumbró en abril.

La narrativa oficial sostiene que la estrategia ha sido exitosa para contener la epidemia y que su evidencia para sostenerla es la capacidad hospitalaria regional y nacional. Es decir que los hospitales no desborden de enfermos y con ello quizá los fallecimientos aumenten al disminuir la capacidad de recuperación, que oscila de acuerdo con datos oficiales en el 57.3%, y es justo donde es necesario enfatizar y discutir como sociedad y bajo criterios racionales si estamos ante un éxito o ante un fracaso.

Una autoridad, no puede afirmar que la estrategia es a la vez exitosa, por la disponibilidad de recursos hospitalarios o catastrófica por el rebase de las muertes proyectadas, tampoco se puede responsabilizar totalmente a las morbilidades preexistentes en la población nacional, como la diabetes o la obesidad; dado que precisamente la estrategia debió basarse en las características de la población mexicana. Carece de cualquier sentido común, diseñar una estrategia que no considere los factores propios de la población que se pretende proteger.

La estrategia de salud debe enfocarse siempre en salvar vidas, las más posibles, en la narrativa oficial se preservan vidas al mantener la ocupación hospitalaria en un nivel manejable; sin embargo el ser uno de los países con mayor número de fallecimientos y con una proyección de más de cien mil muertos, revela que de no aplicarse la estrategia oficial las muertes habrían sido mayores.

La ciencia en ocasiones nos ofrece hipótesis que son dolorosas de comprobar en la realidad, en 1798 Robert Malthus publicó el polémico “Ensayo sobre el principio de la población”, donde expuso que los Gobiernos debían evitar la salud pública, permitiendo la propagación de epidemias con la finalidad de aumentar la mortandad y así contener el crecimiento exponencial de la población, principalmente afectando a las poblaciones más pobres, que no tenían acceso a los benefactores derivados de la propiedad privada y del ahorro. No hay que ahondar mucho para concluir que esta propuesta es completamente inhumana y contraria a cualquier sociedad democrática que tenga como base el acceso a los derechos humanos. Sería una tragedia si la autoridad tropieza con los mismos errores de la Historia y la Ciencia y ante la obstinación de no rectificar ha hecho más grande la catástrofe.

La sociedad exige a las autoridades a tomar decisiones, un político con responsabilidad, debe distinguir entre lo urgente y lo importante para repartir los recursos públicos y brindar soluciones; igualmente debe estar preparado para rectificar o ceder la estafeta de la decisión política a otros que puedan resolver de mejor manera el conflicto, estamos en medio de una crisis, lo urgente ahora es evitar que las vidas se pierdan y lo importante es construir una sociedad con menor desigualdad para que los estragos de este nuevo fenómeno, no tengan como consecuencia la pérdida del patrimonio de las familias de México.


Las vidas primero, la loa del éxito oficial, después….

 

Norma Angélica Aceves García
Sria. De Atención a Personas con Discapacidad

 

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1 Herández Bringas Héctor, “Mortalidad por Covid-19 en México. Notas preliminares para un perfil sociodemográfico “, 2020, disponible en https://web.crim.unam.mx/sites/default/files/2020-06/crim_036_hector-hernandez_mortalidad-por-covid-19_0.pdf

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