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Discurso de César Camacho en la reunión del Consejo Mundial de la Internacional Socialista

Distrito Federal Lunes, 30 de junio de 2014



Seleciona un color
Seleciona un color

“Cada ser humano razonable debería ser un socialista mesurado”, decía Thomas Mann; y me atrevo a agregar: cada ciudadano moderado y con sentido práctico, debería ser un socialdemócrata.

La corriente de pensamiento filosófico y línea de acción política más significativa del siglo XX, la socialdemocracia, está llamada a ser la gran protagonista del siglo XXI.

Una socialdemocracia que, sin dejar de ser la misma, haga de sus desavenencias, experiencias; que con humildad se nutra de otras formas de pensar afines; y que convierta en lección, el resultado de cada elección. Una socialdemocracia que se atreva a emprender una nueva batalla cultural.

La socialdemocracia de hoy y de mañana, organizada en la Internacional Socialista, se reúne en México para ir tras sus prioridades en la economía global, explorar los caminos de la paz en los conflictos abiertos, trabajar junto a quienes se movilizan por la democracia, y definir cómo y qué hacer para afrontar adecuadamente el complejo fenómeno de la migración.

Reciban una cálida y amistosa bienvenida, con los mejores augurios de éxito. Que los acuerdos que aquí se consigan nos hagan más iguales y más libres.

Estamos comprometidos con una socialdemocracia que cambie nuestro presente. Este punto de unión de dos centurias, en el que no sólo atestiguamos la irrupción del mundo digital, sino presenciamos la globalización de una desgarradora realidad: la injusticia social.

Desigualdad tan palpable como absurda, de un planeta que apuesta por el comercio libre en el que, paradójicamente, resulta más fácil comerciar con un contenedor de armamento, que con uno lleno de alimentos.

Éste, nuestro tiempo de capitales volátiles que a su paso dejan una estela de desigualdad, perpetuando dramáticas diferencias en las condiciones de vida.

Distancias cada día más palpables incluso allí, donde el Estado de Bienestar casi las había desaparecido; y que en los países menos desarrollados alcanza expresiones moralmente inaceptables.

“Empobrecimiento general”, como ha calificado Paul Krugman a la situación derivada de un modelo vigente en gran parte del orbe, que ha explicado como una “desregulación financiera que beneficia mucho a muy pocos, y perjudica, también mucho, a muchos”.

Crisis neoliberal que abre una ventana de oportunidad a la socialdemocracia; no para reinstaurar el proyecto de los años 50 y 60,  ese que resultó exitoso en un mundo sin instancias políticas ni económicas supranacionales; de casi nula interdependencia financiera, y escasa influencia de las grandes corporaciones; tiempo en el que la democracia no era la constante, ni existía la conectividad de mercados, personas y medios de comunicación que hoy vivimos a plenitud. 

Ahora se requiere una socialdemocracia transformada, que vaya más allá del Estado de Bienestar que, en las nuevas condiciones económicas, parece atrapado en el falso dilema: crecimiento sin igualdad, o igualdad sin crecimiento.

Una socialdemocracia abocada a la generación de riqueza, como condición indispensable para lograr su redistribución; que apueste por la libre empresa, pero asegure la regulación de los mercados; que no tema recaudar impuestos, siempre que aumente su gasto de inversión y se ahonde en la transparencia.

En pocas palabras: un Estado eficaz por su capacidad para hacer efectivos, no sólo los derechos políticos, sino más aún, los derechos sociales y económicos de sus habitantes.

Un Estado en el que las fuerzas socialdemócratas y progresistas, puedan crear una nueva cultura política.

Una acción política y de gobierno que democratice la productividad; dedique los instrumentos del poder: los recursos públicos, las leyes y las instituciones, al mejoramiento de la calidad de vida de la gente.

Ese fue en México, el planteamiento que al menos un año antes de su elección, formuló quien hoy es el Presidente de la República; y ese es el centro del Programa de Acción del PRI.

Tal fue, lo subrayo, el punto en el que coincidieron las visiones y las propuestas que los principales  partidos políticos formularon en aras de construir un país mejor; dieron, dimos, sobrada muestra de responsabilidad y patriotismo para concertar el gran acuerdo de acción legislativa y política plasmado en el Pacto por México.

En él, el propósito claro y compartido por los firmantes fue: “culminar la transición democrática e impulsar el crecimiento económico que genere empleos de calidad para los mexicanos, y permita disminuir la pobreza y la desigualdad social.”

Por medio de las reformas transformadoras impulsadas por muchos, y un buen número planteadas específicamente por Enrique Peña que, con el concurso de todos, particularmente de senadores y diputados que conforman un congreso plural en el que ningún partido cuenta con la mayoría, los mexicanos hemos dado pasos firmes, seguros, en la solidificación de un Estado social y democrático de Derecho.

Es así que han sido reformados 64 de los 136 artículos constitucionales, el 44% del total; y terminarán por aprobarse, según mis estimaciones, 21 nuevas leyes y 64 serán reformadas o adicionadas. Cifras que no sólo dimensionan el tamaño de las reformas, sino que demuestran la eficacia de la política y la calidad de la democracia, que se mueve en márgenes muchas veces difíciles de precisar.

Con las reformas, además de una educación de mayor calidad, se busca un país próspero, que multiplique y abarate el crédito; una economía que promueva la competencia en telecomunicaciones, acabe con los monopolios y ofrezca servicios de mayor calidad; una reforma hacendaria para incrementar los recursos fiscales para la inversión, con la que sea posible una mayor inclusión social; y muy importantemente, una reforma energética que, desde mi punto de vista, permitirá aprovechar a cabalidad nuestros hidrocarburos, en beneficio de todos los mexicanos.

Sin estar exentos de dificultades, es con una profunda convicción democrática y con un claro compromiso social, como se ejerce el poder en México; promoviendo la participación de todas las fuerzas políticas, en un clima de libertades ciudadanas.

Con ideas, programas y acciones de gobierno de inspiración indudablemente socialdemócrata, de quienes creemos firmemente que sólo con libertad es posible la igualdad, y que nada más gozando de efectiva igualdad, se puede ser efectivamente libre y vivir en paz.

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